Una
de las cosas más complejas, pero a la vez confortables para el hombre es
precisamente tratar de describir de manera exacta a una mujer. Escritores y
poetas de diversas épocas lo han tratado de hacer, encontrando resultados
divergentes. La complejidad, esa enorme complejidad, se encuentra dada por el
hecho mismo de que no se puede hacer de manera homogénea -ni siquiera a rasgos
generales-, habida cuenta de la magna
cantidad de adjetivos que pueden dársele en los diversos aspectos de la vida,
que pueden ser cientos, cuando no miles o millares, y que parten desde su sola presencia, la cual es
determinante en cada momento de las nuestras
y que de hecho ha conllevado a que hoy nos encontremos aquí, no solo por
la conmemoración de un día -que de por
si es poco-, sino porque de ella derivamos nuestra propia existencia, sin ellas
no estuviésemos acá. Precisamente por
esa complejidad y por el temor a quedarme corto, circunscribiré estas palabras
a las mujeres a quienes le debemos este día.
Como
no recordar a las mujeres de ese
fatídico 8 de marzo de 1857, a ellas, a quienes en el ejercicio de su dignidad,
dieron un verdadero valor y sentido a la resistencia civil referida por
Sófocles. Como no recordarlas, a ellas, a quienes contra fuego y viento,
lucharon por la reivindicación de sus derechos,
a quienes dieron su vida por la vida misma.
Por
ello, estas palabras van dirigidas a esas mujeres trabajadoras, valerosas,
luchadoras, provechosas, echadas pa´ adelante, verracas. Sé que me he quedado
corto en la adjetivación, pero solo es por cuestión de tiempo.
Me
dirijo a ellas, a esas invisibles invencibles, que cada día se levantan con el
propósito de cambiar la cara de este panorama desolador de este angustioso
presente, las que luchan por una mañana mejor; a ellas, quienes llevaron a Juan
Gelman a cometer la blasfemia de preguntarse ¿y si dios fuera mujer?
Un
viejo adagio oriental reza que, “las mujeres sostienen en una mano la mitad del
cielo” y ello es así, porque en la otra sostienen la tierra, esta tozuda
realidad material, la del país que nos tocó en suerte, que les tocó en suerte, la
de un mundo que no se ha ido al desbarrancadero precisamente por ellas. La
realidad de un monstruo voraz que no ha logrado saciar su sed de poder y codicia, la de
un sistema que las quiere continuar sometiendo al destierro, a un ostracismo
perverso y repudiable.
Hoy
ese monstruo voraz quiere doblegarnos, quiere que desfallezcamos en nuestros
esfuerzos, quiere acallarnos, pero, mientras a mi lado esté una mujer y
mientras las mujeres continúen luchando, yo pienso seguir haciéndolo, no pienso
renunciar a ello, no voy a callar.

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